22.10.16

C22



Si Anabella no paraba de hablar me iba a dar dolor de cabeza.
-          Por favor Oriel, solo quiero saber a dónde va Simón cuando sale, no te cuesta nada darme ese pedacito de información...
-          Simón no sale Ana, al menos no últimamente y definitivamente si lo hace no conmigo.
-          No puede ser, yo ya lo había visto antes y es totalmente un chico de fiestas; eso sumado a que al igual que el otro chico es prácticamente tu sombra no me cierra.
-          Bueno, lamento desilusionarte pero no tengo nada de información para darte. Nada. – enfatice la última palabra.
-          Es eso o que vos y Simón están en algo y por eso no queres compartir nada conmigo.
-          No seas ridícula Ana,
Mi compañera de trabajo me miro con rencor y termino de vestirse para luego salir dando un portazo. Como Ema, Anabella era una reina del drama y estaba empeñada en acercarse a Simón y entendía porque creía que entre nosotros había algo, Simón era hermoso y compartíamos mucho tiempo juntos, pero nosotros solo éramos amigos y además yo no tenía herramientas para ayudarla en ese terreno. Sí, teníamos mucha confianza, pero no por eso me metía en su vida sentimental y dudaba mucho que quisiera que lo hiciera.
Termine de quitarme la ropa de trabajo y salí para buscar mis cosas. Samuel estaba detrás del mostrador, con mi abrigo y mi cartera colgando de su brazo.
-          ¿Estas lista? – me pregunto.
-          Si, ya podemos irnos.
Si bien no había vuelto a verlo después de ser testigo de su demostración pública de afecto con Helena bien sabía que Samuel era un chico que si decía algo más tarde lo haría, por eso no estaba nada sorprendida porque hubiese vuelto para que vayamos a cenar.
-          ¿Hablaste con Ema?
-          Si, le dije que vendría a buscarte para cenar y le pregunte si quería acompañarnos pero me dijo que ya tenía otros planes.
-          ¿Y Simón?
-          Simón no pudo venir porque está ocupado organizando la fiesta de esta noche.
-          ¿Hoy hacen una fiesta?
Samuel abrió la puerta para dejarme pasar y mientras subíamos a su auto me explicó que a último momento ambos habían decidido organizar algo en su casa para dar comienzo a las vacaciones de invierno; eso explicaba porque Simón no me había comentado nada esta tarde. Aunque siempre cabía la posibilidad de que no hubiese querido decírmelo.
-          Ya veo – sonreí – estoy segura de que la van a pasar increíble. Solo fui a una fiesta organizada por ustedes pero estuvo muy buena.
-          Hablas como si no fueras a venir a esta... – Samuel encendió el motor y me miró de reojo - ¿Tenes otros planes?
Reí por su pregunta. ¿Qué otros planes podía tener yo si no eran quedarme en el dormitorio leyendo o mirando alguna película?
-          No, es solo que no asumí que estuviese invitada.
-          Por favor Oriel – los puños de Samuel se volvieron blancos por la presión que ejerció en el volante – por supuesto que estás invitada. Siempre tenes que considerar que tanto Ema como vos forman parte del grupo. Nosotros estamos juntos.
Sus palabras me sorprendieron. “Nosotros estamos juntos”, sonaba tan íntimo y determinante que sentí como un nudo se formaba en mi estómago de los nervios y la ansiedad.
Pero tenía que calmarme, esa frase no quería decir lo que insinuaba, no era tan literal como parecía…
-          Bueno, está bien, lo voy a tener en cuenta para la próxima vez.
-          Espero que así sea. Además de que tenemos que borrar el desastroso recuerdo de cómo terminaron las cosas la noche en que nos conocimos, no quiero que ese siempre sea el recuerdo que venga a tu mente cuando alguien te pregunte como nos conocimos.
-          Nadie me pregunta cómo nos conocimos – reí – y técnicamente la primera vez que nos vimos no fue en esa fiesta, sino en el pasillo, unas horas antes, cuando tropecé como la persona sin equilibrio que soy.
-          No hables así de vos misma. Pero tenes razón, ese fue nuestro primer encuentro. Te veías tan adorable… avergonzada, pero aún así adorable.
“Adorable”, ¿Qué le pasaba a Samuel hoy?
Sentí calor en mis mejillas y estaba segura de que tenía la cara roja como un tomate.
-          A eso me refiero – freno en un semáforo y me miro – me gusta cuando te pones colorada, es tan genuino, tan natural.
-          Solo estas empeorando la vergüenza…
-          Lo sé.
Samuel sonrió y sus ojos grises como los de un lobo al acecho se quedaron fijos en los míos por lo que pareció una eternidad. Ya no sonreía y podía sentir como en mi cuerpo miles de hormigas invisibles comenzaban a hacerme cosquillas desde la punta de los pies hasta la cabeza. ¿Qué me pasaba?
Una bocina nos saco del trance. El semáforo cambio a verde y tuvimos que avanzar.
Pude respirar con normalidad cuando sus ojos grises ya no estuvieron sobre mí y volvieron al camino.
-          Para la próxima – dijo de golpe. Habíamos estado unas cuadras en silencio. – no tenes que mandar a alguien a atendernos porque estoy con alguien, podes acercarte e interrumpir cuando quieras. Estas primero, no lo olvides.
Sabía que se refería a que había enviado a Anabella a atenderlos después de ser testigo de su escena con Helena, pero no dije nada y asentí porque me estaba mirando, esperando una respuesta. Por supuesto que nunca interrumpiría ninguna de sus citas, pero no pensaba ponerme a discutir sobre eso y su tono de voz había sido muy determinante como para atreverme a armar una conversación sobre eso.
-          Entonces, ¿ya decidiste dónde queres cenar?
-          Eso es fácil – sonreí emocionada. Samuel conocía los mejores lugares. – A donde vos quieras.

17.10.16

C21

Pero me sentía incómoda y en este momento nada me parecía tan malo como tener que acercarme a Samuel y a su acompañante. Lo había visto con chicas antes, pero nunca había tenido que interactuar con él mientras estaba con alguien y eso me ponía nerviosa. Ridículo, pero imposible de evitar.  
-          Oriel, ¿Cómo estás? – Samuel se puso de pie apenas estuve lo suficientemente cerca y, sorprendiéndome, me dio un abrazo.
-          Hola – sonreí – estoy bien, ¿vos? – me incline un poco y mire a la chica que me miraba confundida - ¿ustedes?
-          Bien también, gracias por preguntar.
El abrazo no duro mucho, apenas me contesto Samuel se separo, pero bastaron esos segundos para sentirme cálida, doblemente incómoda y confundida. No quería que se me notara ninguna de esas emociones, por eso dibuje la misma sonrisa falsa que utilizaba para atender a cada cliente y tome la libreta del bolsillo del delantal para cortar el contacto visual…
-          ¿Ya saben que van a pedir?
-          Si, sabemos. – por primera vez la chica hablo, y a pesar de ser hermosa su tono de voz era muy agudo para no resultar molesto.
-          Genial, ¿Qué querían?
-          Dos café con leche, una magdalena de limón y una galleta de avena.
-          Por favor. – agregó Samuel.
-          Enseguida les traigo el pedido chicos.
-          Espera – Samuel me tomo del brazo para detenerme - ¿Comiste?
-          Si, hace un rato.
-          Estas mintiendo – sonrió – agrega lo que quieras al pedido y antes de irme quiero ver que lo estés comiendo.
-          Estoy trabajando – dije entre dientes, molesta por su intromisión – cuando salga voy a cenar abundantemente, no te preocupes.
-          Perfecto, nos vemos en la cena.
Y soltándome me dio un empujoncito para incitarme a avanzar.
Como una zombi camine a la cocina. Pegue el pedido en la pizarra y volvía a salir para seguir atendiendo.
Atendí tres mesas más y eso me relajo lo suficiente como para darme cuenta que la actitud de Samuel no tenía nada de extraño. Él siempre era invasivo y en ocasiones simpático también y aparte del abrazo no había hecho nada que no hubiese hecho en el pasado. Habíamos cenado juntos muchas veces y la mayoría solía invitarse solo por eso no tenía porque parecerme extraño que se comportara como siempre aún en presencia de otra chica. Samuel me veía como a Ema, por eso seguía actuando así.
El pedido estuvo listo 20 minutos después y para cuando volví a la mesa con las cosas la expresión de molestia de la chica rubia no auguraba nada bueno. Habían estado susurrando por lo bajo pero cuando finalmente estuve junto a ellos se callaron.
-          Acá tienen las cosas – comencé a depositar todo sobre la mesa– perdón por la demora pero hay mucha gente y los chicos de la cocina no dan a basto.
-          ¿Para hacer una galleta y una magdalena?
-          Helena…
El tono de advertencia en la voz de Samuel no me paso desapercibido, pero la chica, aparentemente llamada Helena, lo ignoro y continuó clavando sus ojos celestes en mí.
-          A decir verdad si – me encogí de hombros – la magdalena esta recién horneada. No sé quién de los dos la pidió pero apenas la pruebe se va a dar cuenta.
-          Perfecto, nada mejor que una magdalena recién horneada. – Samuel me miró y sonrió. Le devolví la sonrisa.
-          Necesito edulcorante y no hay más, ¿me traes o tengo que ir a buscarlo?
-          “Por favor” Helena, siempre se dice por favor.
-          Es verdad, lo siento – Helena miro a Samuel y le sonrió con dulzura. No solía pensar mal de la gente pero todo en esta chica parecía falso.
-          Ahora les traigo edulcorante.
-          Gracias Oriel.
Miré a Samuel y asentí. No tenía porque agradecerme, era mi trabajo y la mayoría de las personas se comportaban como Helena, pero era agradable encontrarse con alguien que sabía de modales y como emplearlos.
Estaba volviendo con los sobres de edulcorante pero al verlos me detuve. Helena agarraba el rostro de Samuel con ambas manos mientras se daban un apasionado beso.

11.10.16

C20

-          ¿Segura que este libro te parece la decisión correcta?, no es un poco… ¿perturbador?
Miré a Simón y reí.
-          Todos los libros de Poe son perturbadores, ese es el punto.
-          Justamente, teniendo la posibilidad de elegir, ¿por qué vas a seleccionar justo ese género?. Para esparcimiento, ¿no preferís lectura un poco más ligera?
-          Todo depende.
-          ¿De qué?
-          De cómo me sienta en ese tiempo de esparcimiento.
Comprendiendo mis palabras Simón solo se limitó a asentir y volver a agarrar el libro de su lugar. Lo puso sobre la pila que yo ya había separado y descansaba sobre la barra de la biblioteca.
En los últimos meses Simón se había compartido en un buen compañero de estudio y, a decir verdad, de todo lo demás también. Como Samuel había dejado de molestarme y ya no estaba encima de mí como al comienzo, ahora su mejor amigo podía acercarse y después de haber compartido tantas horas y tantos almuerzos con Simón podía decir que ya era mi amigo también.
-          ¿Alguna novedad de tu mamá?, ¿volvieron a hablar después del episodio?
-          No, no atiende su teléfono pero estoy segura de que es porque ya no tiene señal en donde sea que esté.
Me encogí de hombros tratando de lucir indiferente pero Simón me conocía mejor, por eso se acercó y rodeo mis hombros en un abrazo.
-          No te preocupes, ambos sabemos que en cuanto pueda va a comunicarse. Te ama Oriel y también sos todo lo que ella tiene, no lo olvides.
Tratando de ignorar el nudo que se me había formado en la garganta miré los ojos increíblemente celestes de Simón y sonreí.
Seguimos eligiendo libros durante una hora más hasta que se hizo tarde para la clase a la que él tenía que asistir y mi trabajo.
Simón me dejó en la cafetería y después de prometer volver a buscarme siguió a su clase. Entre, salude a mis compañeros de trabajo y me encerré en el baño para empleados para poder ponerme el uniforme. Mientras me abrochaba el vestido no pude dejar de pensar en Simón y como se había vuelto tan importante para mí.
Hacía dos meses de la llamada de mamá para comunicarme su decisión de vender todo para irse de viaje y ya se cumplía uno de que sus planes se hubiesen concretado. Fue justamente el día en el que ella llamó para informarme que estaba todo listo para su partida que me quebré y Simón me encontró en un pasillo de la Universidad, temblando y llorando como una nena de jardín. No había tenido tiempo de esconderme en el baño como la perdedora que era y Simón, junto a un amigo que por suerte actuó como si no hubiese visto nada, me vio justo a tiempo. Al principio la vergüenza que sentí me hizo tener algo así como un ataque de pánico, pero Simón se comportó tan tranquilo y comprensivo que no pude más que soltarle todo y contarle cual era mi problema. Lo raro era que parecía entenderme, se preocupaba y jamás me miraba extrañó cuando decía lo preocupada que estaba porque mamá se hubiese ido sin mí y lo sola que me sentía de no tener a donde volver. Mamá se había asegurado de que una muy buena cantidad de dinero quedara resguardada en el banco para que, a su regreso, nos pusiéramos en busca de mi nuevo departamento y sabía que podía usar el dinero en caso de emergencia pero la plata no era el problema y Simón, que parecía tenerlo todo, lo entendía bien.
Había podido formar un vínculo tan estrecho con Simón gracias a que Samuel había dejado de asfixiarme y mentiría si digo que me sorprendió que cumpliera su promesa. Todavía seguía comprando cosas para Ema y para mí y muchas veces se había acercado a nuestra habitación para ver como estábamos o si necesitábamos algo, pero aparte de eso no lo veía. No teníamos contacto y por muy aliviada que me sentía de no tener la presión de alguien que me vigilara todo el tiempo también me resultaba extraño. Era como si, irónicamente, en el fondo extrañara que alguien se preocupara tan irracionalmente por mí. Pero lo tenía a Simón y él verdaderamente era un gran amigo; más de una vez había querido hablar con Ema pero ella parecía tener sus propios problemas y a veces era tan dramática que me daba miedo preocuparla de sobremanera, eso y que seguramente si le decía algo iría corriendo a contárselo a su hermano.
Termine de cambiarme y salí para comenzar a ayudar a mis compañeros. Todavía tenía unos minutos antes de que mi horario comenzara pero el café estaba lleno y Anabella parecía necesitar mi ayuda.
-          Oriel, gracias al cielo que estás acá – mi compañera de pelo rizado apoyo la bandeja llena de vajilla sucia sobre la barra y me miró con ojos cansados - ¿te importaría atender la mesa 10?, estoy atrasada con dos pedidos y si no los llevo en menos de cinco minutos estoy segura de que van a quejarse…
-          Claro, no hay problema. Y anda despacio, después vas a tener una migraña del horror si seguís presionándote así.
-           Habla la chica que no se presiona para nada…
Anabella puso los ojos en blanco y con una sonrisa desapareció por la cocina.
Agarre un delantal colgado del mostrador y mientras lo ataba en mi cintura camine a la sección de lectura. Las mesas con dos cifras estaban ubicadas un poco más alejadas de la puerta, en un sector lleno de sillones y cómodas mesas que les permitían a los estudiantes estar más cómodos si venían a estudiar.
Estaba a unos pocos pasos de la mesa que me tocaba atender cuando lo vi. Samuel ocupaba la mesa y no estaba solo, una llamativa chica rubia estaba sentada junto a él.
Me costó un poco acomodar la imagen en mi mente pero cuando sus ojos grises chocaron con los míos y una sonrisa genuina se dibujo en sus labios simule la sorpresa y también sonreí. Samuel acompañado de una chica no tenía porque resultarme extraño y definitivamente no tenía porque sentirme incómoda… ¿cierto? 

7.10.16

C19

Era evidente que la chica tenía un problema, pero si durante todo este tiempo no se había abierto siquiera a decirme cual era su postre favorito estaba claro que no iba a contarme que le pasaba. En cualquier otro momento o por cualquier otra persona me hubiese alejado, estaba un poco cansado de buscar la forma correcta de acercarme a Oriel, pero el problema era que no quería alejarme y tampoco sabría cómo hacerlo. Ella ocupaba la mayor parte de mis pensamientos y cada vez que estábamos juntos tenía la necesidad de saber todo lo que sentía, pensaba y quería. ¿Extraño?, claro que sí, pero por otro lado el sentimiento y el deseo que provocaba en mi era tan agradable y se sentía tan bien que no me importaba.
La miré comer su tarta de arándanos con crema y sonreí.
-          Bueno, ahora puedo estar seguro de que te gustan los arándanos. Lo voy a tener en cuenta la próxima vez que tenga que elegir el postre.
-          Teniendo en cuenta lo mucho que te esforzaste te voy a dar otro secreto – Oriel se inclino sobre la mesa y acerco su cara a la mía. Sería un tonto si no aprovechara la oportunidad y me acercara también. – Todo lo que tenga crema también cuenta. - dijo muy bajito, como si estuviésemos compartiendo un secreto.
Sonriendo volvió a alejarse.
Estaba totalmente arruinado. En dos segundos había podido sentir su perfume, el aliento cálido de su boca y unas ganas dolorosas de besarla…
Quería besarla, quería hacer mucho más que eso y sería estúpido de mi parte decir que las ganas venían de ahora. Hacía semanas que quería muchas cosas de Oriel y tener tan poco de ella me frustraba tanto que por eso canalizaba toda mi energía entrenando y llenándola de libros, ropa y comida como lo hacía con mi hermana. No me reconocía porque nunca había actuado de esta forma. Nunca había hecho tanto por complacer a una chica sin obtener nada a cambio, sin que formáramos parte de una relación que nada tenían que ver con la que compartía con esta chica.  
-          Oriel, ¿te puedo hacer una pregunta?
-          Depende.
-          ¿De qué?
-          De que tan personal sea.
-          No sabría medirla en una escala, pero igualmente voy a hacerla.
-          Está bien, pero eso no quiere decir que vaya a contestarla.
-          Me parece justo – suspire – ¿necesitas algo?, hay algo, lo que sea, que pueda hacer por vos y que te ayude en este momento. A esta altura asumo que ya sabes que mi padre es una persona muy influyente, nuestra familia lo es y por eso te pregunto, porque no hay nada, nada que necesites y no pueda darte.
La postura antes relajada de Oriel se tenso. Sus ojos me observaron con seriedad y sus manos que descansaban sobre la mesa se convirtieron en dos puños. Era evidente que la había molestado.
-          Se quien es tu papá y no puedo decir que eso signifique algo para mí. No voy a tomar lo que dijiste a mal porque no quiero arruinar la noche y entiendo que tenes buenas intenciones pero voy a ser muy clara con esto. Hay muchas cosas que no podes darme, infinitas porque, para tu sorpresa Samuel, el dinero y el poder no lo resuelven todo.
-          Sé que no, pero no podes negar que en este mundo resuelven muchas cosas.
Note enseguida que mis palabras le molestaron, pero no dijo nada y se limito a mirar su plato.
Oriel ya no toco su comida y aunque intenté que volviéramos a hablar aunque sea de temas banales como lo habíamos hecho toda la noche cada intento fue un fracaso, algo entre nosotros se había roto y me lamenté por haber sido tan idiota.
Salimos poco después y como hacía frío me saque el sweater y se lo puse sobre los hombros. Me gustaba saber que cuando me lo devolviera tendría su perfume…
-          Gracias. – me dijo sonriendo. Por suerte ya no parecía tan enojada.
-          De nada.
En el camino de regreso ninguno de los dos dijo una palabra y era la primera vez que el silencio con una chica no me resultaba incómodo. Oriel necesitaba espacio y yo disfrutaba de estar libre del estrés de tener que preocuparme por hablar para llenar huecos.
Para cuando llegamos a los dormitorios sus ojos lucían cansados y tenía las mejillas rojas por el frío. Se veía adorable y adorable era un adjetivo que nunca había cruzado por mi cabeza al ver a una chica que no fuera Ema…
-          ¿Lista para descansar un poco?
-          Más que lista – volvió a sonreír – gracias por la cena. Tenes una personalidad extraña y a veces decís cosas que realmente me molestan pero estoy aprendiendo a que no me resultes tan intimidante y saber que solo tenes buenas intenciones hace todo más fácil. Sos un chico realmente increíble Samuel, tu hermana tenía razón.
 Me quede parado como un estúpido mientras la chica que estaba frente a mí se quitaba el sweater que le había dado, lo apoyaba sobre mis hombros y se despedía dándome un beso en la mejilla.
Mucho tiempo después de que Oriel desapareciera todavía seguía en el mismo lugar, respirando su perfume, sintiendo su beso sobre mi piel e imaginando la mejor forma para acercarme y hacer que finalmente las cosas entre nosotros no fueran tan impersonales, porque si de algo estaba seguro era de querer que lo mío con Oriel fuera personal, muy personal. 

4.10.16

C18

Cuando salí del baño no había nadie en el cuarto. Me tome mi tiempo para cambiarme y cuando estuve lista agarre mi mochila, puse varios libros dentro, un abrigo y salí.
Ema, Simón y Samuel no estaban en el pasillo y sentí alivio por eso.
Afuera estaba fresco pero no me abrigue y seguí caminando hasta llegar a una casa de comida vegetariana que quedaba a unas cuantas cuadras de la Universidad. Cenaría, leería un poco y no volvería a las habitaciones hasta que fuese bien tarde y estuviese segura de que Ema estuviese dormida.
En el restorán había poca gente y la luz baja ayudó a que me relajara. Me senté en una de las mesas más alejadas de la puerta y esperé a que me atendieran. Ya había sacado uno de los libros de contabilidad y estaba buscando un marcador cuando sentí que alguien se sentaba en el sillón en donde me había acomodado. Levanté la vista y sentí como los puños se me cerraban con fuerza dentro de la mochila…
-          ¿Qué haces acá? – demande enojada. Esto era pasarse de la raya por lejos.
-          Te estaba esperando afuera del edificio y sabía que si me acercaba cuando te vi salir te perdería.
-          Justamente eso hubiese pasado porque quiero estar sola. ¿No es eso evidente?
-          Lo es, pero no creo que tengas que estarlo. Mi hermana me llamo preocupada porque dice que recibiste un llamado y que después de eso empezaste a actuar extraño. ¿Qué paso?, ¿estás en problemas?
De la fuerza que estaba haciendo me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos y esperaba que mi mirada helada le diera a Samuel una idea muy clara de lo enojada que estaba.
-          Ese no es asunto tuyo, pero solo para que vos, tu amigo y tu hermana me dejen en paz voy a decir que todo está bien, no tengo ningún problema y no estuve actuando extraño, solo quería pasar un tiempo a solas. Cosa que me está siendo negada desde el comienzo.
-          Con esos ojos no engañas a nadie Oriel y aunque mi hermana y Simón decidieron alejarse por miedo a que te enojaras ese no es mi caso. No me importa si vas a gritarme o a hacer un escándalo porque voy a insistir hasta saber lo que realmente está pasando.
-          No está pasando nada. Y no me conoces ni un poco si por un segundo pensaste que haría un escándalo por esto. Por supuesto que estoy enojada, estoy mucho más que eso teniendo en cuenta que personas que recién conozco se creen con el derecho de pedirme explicaciones o de meterse en mi vida privada, pero eso no me va a hacer perder el control.
Dejé la mochila en el piso y antes de volver a incorporarme para mirar a Samuel escondí las palmas lastimadas debajo de mis piernas.
-          Imagino que no, que no tenes ese estilo, pero teniendo en cuenta que crees que estoy invadiendo tu espacio personal se puede esperar cualquier cosa.
-          No conmigo. Y como bien dijiste estas invadiendo mi espacio personal, mi privacidad.
Decidida, volví a meter el libro que estaba sobre la mesa dentro de la mochila y sin mirar esos ojos grises que tanto me perturbaban me levante y esquive a la moza que se estaba acercando para atenderme y ahora me miraba sorprendida.
El frío de la calle me golpeo pero no me detuve para buscar el abrigo y camine con la vista clavada en el piso.  Sabía que Samuel me seguiría, el chico no tenía ningún respeto por mis deseos, por eso no me asuste cuando sentí que alguien se ubicaba a mi lado.
-          ¿Queres que vayamos al cine?
Había pensado ignorarlo, seguir caminando con la vista fija en el piso hasta llegar a los dormitorios y actuar indiferente, pero su pregunta me tomo tan desprevenida que me detuve y lo mire. Él tenía sus ojos fijos en mí y su expresión segura y relajada hacían evidente que no estaba tomándome el pelo…
-          ¿O preferís que cenemos primero? – preguntó.
-          ¿Estás bien?
-          Claro que estoy bien – suspiró – finalmente estoy bien con esto.
-          ¿Y que sería “esto”?
-          Nosotros.
La palabra nosotros me hizo un nudo en el estómago.
-          No hay un nosotros.
-          Si lo hay y, sin sonar despectivo, ya me canse de intentar complacerte. Tenes razón y no puedo tratarte como a mi hermana aunque quiera; sos su amiga y por consiguiente vas a ser la mía y eso significa que tengo que respetar tu espacio. Con Ema puedo dibujar los limites pero con vos no. Son dos relaciones diferentes y te pido disculpas por tardar tanto en entenderlo pero ahora que lo hice en verdad me gustaría que aceptes mi invitación a comer algo y solo pasemos tiempo juntos, conociéndonos. No puede ser tan diferente a lo que hago con Simón, ¿cierto?
Una sonrisa segura se dibujo en los labios perfectos de Samuel y como estaba muy impresionada como para decir algo me limite a asentir e imitarlo. Sabía que estaba haciendo algo mal, hace cinco minutos estaba enojada y lo único que quería era empapelarlo a gritos, pero su discurso me tomo desprevenida y de repente solo sentía alivio, un profundo y particular alivio.
-          Está bien – dije – me gustaría ir a comer algo.
-          Perfecto. – la sonrisa en sus labios se ensanchó - ¿Vamos?
Sorprendiéndome, Samuel me ofreció su mano para que la tomara. Aun sabiendo que no debía la tome.